Nelson Mandela y el chico de Albacete

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-¡Hombre! ¡Nelson Mandela! Un placer recibirle.

El chico, de veintipocos años, sale de una especie de casetilla con una pequeña ventana, como las que tienen los vigilantes de seguridad a la entrada de algunos recintos.

-¿Tú quién coño eres, chaval? Esperaba encontrarme a algún pez gordo recibiéndome en el Cielo.

-Madiba, esto no es…

-Luego me cuentas, que vengo de la otra vida meándome y no aguanto más. ¿Dónde está el baño? Y a propósito, no me digas Madiba, que no somos amigos.

-Puede usar ese de allí. –señala el chaval hacia un habitáculo en medio del paisaje árido.

-Hostia puta. Pero eso es un retrete portátil, como los que ponen en los festivales de música. Vaya recibimiento. Manda cojones…

El símbolo mundial de la paz y la reconciliación se dirige hacia el retrete, con paso lento pero decidido, apoyándose en su bastón de madera y quejándose de forma airada. Minutos después, Mandela abre la puerta y sale del retrete al tiempo que se sube la bragueta.

-Bueno, chaval. Dime dónde está mi habitación, que vengo cansado del puto viaje.

-Acompáñeme, –dice el chico al tiempo que agarra la maleta de cuero con asas de Nelson Mandela y le indica la dirección hacia la que ambos comienzan ya a dirigirse con paso lento- su habitación está a unos minutos de nada, señor.

-¿Cómo te llamas?

-José Miguel.

-Vaya nombre ridículo. ¿De dónde eres?

-De Albacete. España.

-Sí, hombre, España. Lo conozco bien. Buena comida y muchachas guapas. He estado varias veces. La última, cuando me dieron el premio de no sé qué pollas de reconciliación. Estuve con tu Rey. Un buen tío. Aunque un poco borracho, tengo que decirte. Durante la cena de gala me lo sentaron al lado y no veas cómo le daba al alpiste. Y luego, cuando tenía el pico caliente del vino, se puso muy pesado con llevarme de putas. Y yo, en plan: Hostia, Juan Carlos, que yo iría encantado y lo sabes, pero he venido con mi señora, que la tienes sentada enfrente hablando con la tuya, joder, córtate un poco. Y él, nada: Erre que erre. Bueno, ¿y tú qué haces aquí siendo tan joven?

-Me maté hace 4 años en Punta Cana haciendo balconing en el viaje de fin de curso de Empresariales, señor. Me quería lanzar a la piscina desde un quinto piso, pero calculé mal, y…

-JAJAJAJAJAJAJAJA –Mandela detiene el paso, coloca las dos manos sobre el bastón apoyado en el suelo y comienza a reírse, soltando carcajadas muy agudas- Hostia, qué gilipollas… -acierta a decir entre carcajadas y lágrimas en los ojos de tanto reír.

-Oiga, por favor…

Al Premio Nobel de la Paz le cuesta recuperar la compostura. Saca un pañuelo de tela blanca del bolsillo de su rebeca beige, todavía riéndose se seca las lágrimas, guarda el pañuelo, le da una palmada en la espalda a José Miguel y retoma el paso.

-Es que, con todo el respeto chico, ya hay que ser tonto… No entiendo cómo cojones te han dejado de encargado de esto, la verdad.

-Se hace un sorteo. Cada dos meses le toca a uno. Como la presidencia de una comunidad de vecinos más o menos.

-Pues vaya puta mierda. Pensaba yo que el Cielo iba a estar un poco mejor organizado.

-Esto no es el Cielo, señor.

-¿Cómo dices? -detiene su paso de nuevo.

-Estamos en el Limbo.

-¿Te estás quedando conmigo, chaval?

-Mire a su alrededor, señor Mandela. El descampado, el paisaje árido, las casas bungalow de madera… ¿tiene esto pinta de ser el Cielo, señor?

Nelson Mandela se detiene y comienza a gritar una y otra vez “Me cago en la puta hostia” mientras golpea su bastón contra el suelo, consiguiendo que se levante mucho polvo, que acaba amarilleando sus mocasines negros y las Nike blancas de José Miguel, que intenta tranquilizarlo tocándole un hombro.

-¿Por qué no te tocas mejor la polla, chaval? –grita el Nobel de la Paz mientras se zafa con un giro brusco de la mano del chico.

José Miguel da un paso atrás por miedo a recibir un bastonazo y espera, con la maleta en la mano, a que el ex presidente sudafricano termine de desahogarse golpeando el suelo y levantando polvo.

-Esto es la hostia. A ver si me he enterado, José Miguel. –grita Mandela- Me chupo la hostia de años de cárcel por la puta cara, sin haber hecho nada; en vez de salir encabronado, que podría haberlo hecho, salgo de buen rollo en plan hippie comeflores… Es que ni me quejé, ¡me cago en dios! ¿Tú me viste quejarme, José Miguel?

-No, señor.

– Bien. Luego voy y acabo con el Apartheid; -sigue gritando- gano lo del puto mundial de rugby; me reconcilio con los cabrones que me encerraron; ¿Y me toca ir al Limbo? ¿Al puñetero Limbo? ¿En serio? ¿Pero esto qué es, José Miguel? ¿Es una broma? Me cago en la hostia… –el símbolo de la lucha por los derechos civiles levanta el bastón, mirando a los ojos al chaval, que, sin soltar la maleta, da otro paso atrás- Dime que es una puta broma y que ahora va a salir Mahatma Gandhi con un ramo de flores, diciéndome “Tenías que ver la cara que pusiste, Nelson”. ¡Dímelo, José Miguel, o me voy a cagar en tu padre!

-Lo siento, señor. En el informe pone que su lugar es el Limbo. Yo no decido estas cosas.

-¿Qué informe ni qué, pollas, niño?

En este momento, José Miguel abre la cremallera de su cazadora color azul metalizado con rayas blancas, y saca de un bolsillo interior un papel doblado dos veces sobre sí mismo: es el informe sobre Nelson Mandela.

-No debería enseñárselo. No solemos hacerlo con los nuevos residentes, pero ya que…

-Trae eso pacá, copón. –Mandela le quita, dándole un tirón, el informe de la mano a José Miguel mientras éste lo estaba desdoblando, y comienza a leer en voz alta- ¿Spice Girls? ¿Bill Clinton? ¿Arnold Schwarzenegger? ¿Cristiano Ronaldo? ¿Príncipe Carlos de Inglaterra? ¿Bono de U2? ¿Pero qué mierda es esta, José Miguel?

-El todopoderoso es el que hace los informes. Y al parecer, estaba bastante pendiente de con quién se fotografiaba usted, señor.

-¿De lo de la cárcel, la reconciliación, acabar con el Apartheid, el Nobel de la Paz… de eso no pone nada? –pregunta Mandela dándole la vuelta a la hoja de papel, comprobando que sólo está escrita por una cara.

-No. Eso no se ha tenido en cuenta, parece ser. El todopoderoso usa su criterio de una forma un poco… -en este momento José Miguel le hace un gesto a Mandela con los dedos para que se acerque un poco, y le susurra al oído- el Todopoderoso usa el criterio que le sale de los huevos, con perdón, señor. –continúa susurrando- Esto no va como se piensa en la otra vida. Nada que ver. Es todo muy aleatorio. Una vez, por ejemplo, hace seis meses, nos llegó una circular del Todopoderoso avisando de que el nuevo criterio era ser portugués. Si eras portugués, entrabas aquí directamente. Ya podías haber sido un hijo de puta o una bellísima persona. Daba igual. Si eras portugués, al Limbo de cabeza. Sin más explicaciones. Eso duró sólo un par de semanas. Se llenó esto de portugueses. A él le gusta hacer las cosas así. “Justicia Creativa”, lo llama. Es un loco retorcido, en serio. Y hablando de portugueses –en este momento José Miguel vuelve a alejarse de Mandela y recupera el tono de voz normal- hablando de portugueses, le comentaba, que el informe dice que usted en principio iba para el Cielo, pero que su foto con Cristiano Ronaldo hace unos años ha decantado la balanza del lado del Limbo, señor. –José Miguel vuelve a acercarse al oído de Mandela y concluye- el Todopoderoso es muy futbolero y no lo soporta, tiene cruzado a este tío. Dicen que se pone incluso violento cuando el pobre chaval aparece por la tele.

-¿Tienen tele en el Cielo? –pregunta Mandela, en este momento, ya más impresionado por la asombrosa forma de funcionamiento de las cosas en el Más Allá, que enfadado por haber acabado en el Limbo.

-Sí. Allí tienen todos los canales, incluidos los de pago. Aquí en el Limbo sólo tenemos los canales gratuitos. No está mal, pero nada de estrenos de cine, ni de series americanas. Y luego, en el Infierno sólo pillan Telecinco, un canal de mi país.

La mirada de Nelson Mandela hace pensar que su cerebro, en estos momentos, es una vieja esponja empapándose con la nueva información que va recibiendo. Y podría decirse que, una vez pasado el momento del desahogo a bastonazos, además de recibir la información, la asume y la acepta con estoicismo. Si es lo que hay, es lo que hay, parece decir su mirada.

-¿Seguimos caminando, señor?

Mandela asiente con la cabeza y se agarra del brazo de José Miguel con la mano que le queda libre, mientras con la otra sujeta el bastón. Así caminan durante un par de minutos en silencio, hasta que el chaval avisa al Nobel de que han llegado a su destino.

-Aquí tiene la llave de la puerta del bungalow, señor. Su litera es la de abajo.

Mandela mira a José Miguel, preguntándole sin hablar: “¿Qué cojones? ¿Litera de abajo? ¿Comparto habitación?”. El chaval, que no es la mente más brillante de su época, como ya demostró en aquel viaje a Punta Cana, sin embargo no tiene problemas en entender la pregunta con la mirada y responde.

-Comparte usted habitación, señor. Su compañero es también un antiguo mandatario, como usted. Cosas del Todopoderoso. Es alemán. Seguro que lo conoce.

-Con que nunca me traigáis de compañero a Morgan Freeman, me vale. No soporto a ese gilipollas.

José Miguel sonríe y se acerca a Nelson Mandela para despedirse con un abrazo del anciano de quien, sin conocer mucho de su historia por falta de interés por estos asuntos, tantas veces había oído hablar cuando era un niño, luego un adolescente y más tarde un joven, casi Diplomado en Ciencias Empresariales, que vivía en Albacete.

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15 pensamientos en “Nelson Mandela y el chico de Albacete

  1. Madre mía…entre la Telecinco del infierno y la litera….eres como los guionistas de Padre de Familia, no dejas títere con cabeza…jajjajaj. Puedo verte ahí tachando frases del borrador, pensando “aún no tiene suficiente mala leche, puedo hacerlo mejor”
    Estoy deseando leer algún relato protagonizado por Raphael y la Caballé. Pero igual, eso es demasiado fácil…

    Un abrazo

    Regi

  2. No sólo divertido, también muy inspirador, surrealista e irreverente.
    Quiero una segunda parte en la que Mandela y ese mandatario alemán (me lo imagino un poco gritón y con un ridículo bigotito), ven juntos el especial de Nochebuena con Paz Padilla.
    Las Huellas.

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