Tu trol te espera en la red

Hace unos meses, Eva Cruz, periodista de la revista Rolling Stone, me escribió y me dijo: “Hola trol, te quería hacer unas preguntas para un reportaje“. Yo, que no me consideraba un trol para nada, le seguí el rollo y le dije que sí, que vale. La troleé. La pieza debería haber sido publicada en el número de noviembre, pero por ciertas historias que no vienen al caso, se ha quedado metida en un cajón. Una pena porque es un gran trabajo. Así que, lo saco del cajón y lo cuelgo para que lo disfrutes.

¡Gracias, Eva!

Los trols ya no son solo los malignos seres que insultan y amenazan en internet: la palabra se ha generalizado para referirse a cualquiera que moleste en la red. Mi trol puede ser tu activista, o tu humorista de cabecera.

“Si te veo por la calle te voy a dar con un bate de béisbol hasta verte muerto”. La persona que recibe esta grave amenaza a través de twitter no se alarma. Le sueltan este tipo de perlas a diario. Lo único que hace es reenviar la amenaza a @policia, la cuenta de la Policía Nacional en twitter. Los policías que se dedican a la red lo consideran una de las personas más troleadas de España. Tampoco ellos se alarman más de la cuenta: lo investigarán, y si encuentran que la amenaza es grave, clara, directa y creíble, pondrán el asunto en manos de un juez. Pero ayer hubo partido, y con el fútbol ya se sabe: es uno de los ámbitos donde se produce mayor agresividad, tanto en la vida real como en la virtual.

El dudoso honor de ser la persona de nuestro país más insultada en la red muy probablemente corresponda a Tomás Roncero, periodista deportivo y un madridista tan acérrimo que el himno de su equipo se escucha mientras esperas que te conteste el móvil. “Yo me lo tomo como un juego. Los que se meten conmigo son gente del Barça, chavales muy jóvenes que me usan para desahogarse. Por eso jamás bloqueo a nadie, porque además es una pérdida de tiempo: se hacen otro perfil y punto. En el fondo cumplo una función social. Si con esto evito que alguien entre en un Burger a cargarse a gente, eso que ganamos todos.”

¿Qué relación hay entre la agresividad que se da en la red y la violencia en la calle? Es prácticamente imposible determinarlo, porque lo que sucede en la red sucede solo de forma virtual, entre la realidad y el juego. Un juego cuyas reglas no todos compartimos, porque están en continua reelaboración, y porque no todos queremos la misma red, igual que no todos queremos el mismo país, las mismas leyes, o las mismas fronteras.

Los trols son tan antiguos como la propia red. O mucho más, si aceptamos que el origen de la palabra está en la mitología escandinava, en la que un troll es un gigante o un demonio dedicado a hacer maldades. En el siglo XVII la palabra pasó al inglés, con el significado de enano feo, y en los años 70 del pasado siglo los soldados americanos empezaron a usar el verbo “to troll” para referirse a emprender acciones con el objetivo de provocar una reacción en el enemigo. Y eso es lo que hacen hoy, en internet, los trols: intentan provocar una reacción. Por eso el consejo en el que coinciden todos los expertos es no alimentar al trol. No dar difusión a su mensaje, no acusar recibo, no escandalizarse, no llorar, no huir. Ser un Roncero.

Pero no todo el mundo se toma a los trols con la deportividad del periodista del diario As. Hay gente que ha huido de las redes sociales por el acoso personal o familiar que han sufrido. Un caso notorio fue el de la dirigente socialista Elena Valenciano, una activa usuaria de twitter que un día descubrió, con horror, que habían dado con sus hijos. “Mi hija cometió el error de felicitarme por el día de la madre, y cuando los que solían insultarme a mí lo vieron, la enfilaron. Aquello me comió mucho el coco. Pero cuando no pude más fue, al poco tiempo, cuando descubrieron a mi hijo, que es menor de edad. Entonces tuve una reacción que no fue nada política, fue puramente de madre. Pensé: ¿a mí todo esto qué diablos me importa? Yo no soy ninguna Juana de Arco. Y en cinco minutos desaparecí de twitter. E inmediatamente los acosadores se fueron de las páginas de mis hijos, y borraron los mensajes.”

Los trols habían conseguido lo que querían: provocar una reacción, que pudo parecer una rendición. Elena Valenciano reconoce que cuando abandonó twitter tuvo mono. “Estuve tres años y pico, y era una usuaria muy activa. Tenía unos 40.000 seguidores, de los que alrededor de un 25% eran trols: gente que me seguía para insultarme. Pero eso, siendo dirigente político, lo asumes. Ahora sé que tengo que encontrar una excusa para volver. Porque en las redes sociales hay que estar”.

¿Le sale rentable a un político manejar personalmente sus cuentas en las redes sociales? La gran mayoría de dirigentes de primera fila no lo hace: tanto Rajoy como Rubalcaba lo dejan en manos de sus equipos. Por eso sus mensajes son tan sosos y oficialistas. Y por eso no entran en las batallas que libran sus equipos, o sus seguidores: la denuncia constante, diaria, cansina, de insultos nauseabundos y amenazas gravísimas, aunque tal vez poco creíbles.

Otros políticos, sin embargo, bajan a la arena personalmente. Cristina Cifuentes, la delegada del gobierno en Madrid, tenía, hasta el grave accidente que sufrió el pasado mes de agosto, una relación muy intensa con partidarios y detractores a través de su cuenta de twitter. Tal vez por eso se desató aquella brutal marejada cuando se supo que estaba ingresada con ventilación asistida en un hospital público de la capital. Además de los buenos deseos que se le enviaron a través de las redes sociales hubo muchísimos malos sentimientos, calentados a fuego lento durante años de manifestaciones y protestas mejor o peor gestionadas por el equipo que dirige Cifuentes, y también por el hecho de que la Delegada del Gobierno estuviera ingresada justamente en un momento en que el gobierno de su partido había puesto en marcha un polémico plan de privatización sanitaria.

Algunos medios de comunicación, de forma ingenua o interesada, atribuyeron que se abriera la espita de la maldad trol contra Cifuentes a un desafortunado tuit de Gaspar Llamazares, el líder de Izquierda Unida, que escribió: “mis mejores deseos de recuperación para la Sra Cifuentes, compatibles con mi peor valoración de la vulneración de derechos en Madrid”. ¿Era necesario criticar la política de la Delegación del Gobierno en Madrid también cuando su responsable pasa por un momento tan delicado de su vida? No todos compartimos la misma idea de la cortesía, ni del activismo. Pero cada uno escribe para su público, y quizás una parte del de Llamazares pensara que los buenos deseos sobraban.

Los trols también tienen su público. Porque alguien puede ser un trol para unos, y un activista para otros. Los que insultan a Bachar Al Assad en la cuenta de Instagram abierta recientemente por el régimen para publicar fotos de Asma y Bachar consolando a los heridos y entregando juguetes a los niños ¿son trols o son valientes activistas?

Y existe una categoría más, igualmente subjetiva: el trol cachondo al que hay que seguir porque te hace reír. Gerardotecé (un usuario con casi 22.000 seguidores) no se considera un trol, pero en su biografía de twitter, su presentación ante el mundo en esa red, dice: “me han bloqueado, entre otros, Pérez Reverte, Sergio Ramos, Bisbal, Lucía Etxebarría o Urdaci. Así que nada, todo bien.” ¿Es un honor que te bloquee gente mucho más conocida que tú? “Yo no digo eso en mi bío como enseñando la cabeza del animal cazado, sino como diciendo “soy un buen tío. La prueba es que me ha bloqueado Urdaci.” Un personaje tan controvertido como el ex presentador de telediarios y actual jefe de prensa del constructor Francisco Hernando, El Pocero, tiene tantos detractores que su desprecio se convierte en el posible aprecio de los demás, de gente que tiene una visión del mundo parecida a la tuya, está claro.

Gerardotecé analiza para este reportaje por qué las redes se ensañan con determinadas personas, y lo expresa de manera cruda y gráfica: “en internet hay “sacos de hostias”. Sergio Ramos (futbolista del Real Madrid) por ejemplo. El chaval probablemente sea un tío divertido e interesante, ¿quién sabe? Pero da igual. Es un icono. Sergio Ramos es tonto. Fin. Es una etiqueta. El pobrecillo, además, tiene tendencia a meter la pata, por despiste o por lo que sea, así que, de vez en cuando, alimenta el mito. O Toni Cantó, el diputado de UPyD. Más de lo mismo. Son sacos de hostias. Es así. Hay que entenderlo así. No creo que nadie (que tenga su cabeza sana) tenga nada personal contra ellos, por mucha burla que se les haga. Twitter en ese sentido es volver al instituto o al colegio. Esa crueldad entre niños, sin motivo, y en la mayoría de los casos, sin maldad.”

¿Sin maldad? No todos estarían de acuerdo. “¡Facha, nazi, hijo de puta, deja de beber!”. Ese es el tipo de cosa que los trols le dedican al periodista Hermann Tersch, otro personaje público muy acosado en la red. “Tengo 100.000 bloqueados,” cuenta Tersch en conversación con Rolling Stone, “el doble que de seguidores. Porque yo bloqueo al primer insulto. Y es que internet está lleno de gentuza, más que la calle, porque ahí no se atreverían a acercarse. Este es un país cobardón”. Tersch cree tener totalmente identificado el tipo de gente que se mete con él: “hay mucho nacionalista de la Cataluña profunda, y algún abertzaloide, mucho chaval muy joven, muy bruto, de provincias, de una extrema izquierda increíble, camadas de esta última década, nenewyominges”, dice, en referencia al presentador de El Intermedio, con quien tuvo un notorio desencuentro y a quien atribuye parte de la animadversión que sienten algunos por su persona.

Pero lo cierto es que ponerles cara a los trols, ponerles ideología, edad, sexo, ocupación… perfil, en definitiva, no es tan fácil. La especialista estadounidense en cultura digital y folclore Whitney Philips, una de las estudiosas más relevantes del fenómeno trol, ha escrito: “preguntarse por qué estos trols hacen lo que hacen es como intentar hacer un perfil psicológico de un vecino al que nunca has visto pero al que a veces oyes botar una pelota de baloncesto.” Puedes recabar pistas, suponer afiliaciones, deducir ciertos rasgos, pero también puedes equivocarte de parte a parte.

¿Qué motiva a alguien que se sienta en el teclado a insultar a “los famosos”? Según Carlos Fernández Guerra, “el tuitero de la policía”, es una cuestión de ego: “un tío de repente tiene 2000 seguidores y se cree la leche, y decir burradas le da visibilidad.” Pero las redes sociales consisten precisamente en eso: la exposición del ego. El periodista y productor Toni Garrido, que ha tenido una relación de ida y vuelta con las redes, explica que él no se fue de facebook y twitter tanto por el acoso de los trols, a pesar de lo duro que resulta aguantarles, sino por una sensación de “sobreexposición”: “mi ego y mis necesidades sociales estaban cubiertas, y además a mí me resulta difícil no contestar a la gente que legítimamente manifiesta su opinión, así que decidí desaparecer una temporada. Luego volví, claro: twitter es una herramienta fantástica.”

El agente tuitero Carlos Fernández Guerra dice que, en su experiencia, los trols son hombres en un 95%, y que casi siempre insultan y amenazan como mero desahogo. Pero aventura, también, que posiblemente haya más trols de izquierdas que de derechas y que, en su experiencia, están más organizados. ¿Porque llegaron antes a las redes sociales? ¿Porque comprendieron mejor su principio de horizontalidad no jerárquica? “Los de izquierdas atacan a los portavoces de la derecha, pero es que también atacan muchísimo a gente que podría ser más de su cuerda. Ana Pastor, por ejemplo, la periodista, tiene muchísimos trols, y son más de extrema izquierda que de derechas.”

Preguntado por esta cuestión, el periodista Ignacio Escolar, veterano de las redes sociales y creador de un concurso ocasional en su página llamado “el trol del día”, para elegir al más tonto de la jornada, dice que la experiencia de la policía no puede ser la misma que la de un usuario como él. “La policía cuenta su percepción. Y está claro que la Falange no les va a trolear a ellos. Y a mí sí. Pero lo cierto es que hay una serie de movimientos de derechas muy organizados que hacen muchísimo ruido en las redes sociales. Como por ejemplo HazteOír, una minoría ultracatólica equivalente, para entendernos, al Tea Party, que trolean con mucha eficacia.”

Y efectivamente, HazteOír se hizo oír mucho recientemente, protagonizando un altercado con Marcos de Quinto, el presidente de Coca-Cola en España, que en un momento de exasperación, llegó a decir algo que en su boca (o en su twitter) suena subversivo y hasta revolucionario: “no bebas Coca-Cola.” Todo fue a propósito de un intento de boicot de anunciantes a la cadena Telecinco al que HazteOír quiso que se sumara la empresa de refrescos. De Quinto explica que a él le gusta salir a la calle, saber lo que cuesta un café (y una Coca-Cola). “Y también me gusta salir a twitter con mi identidad. No tengo miedo a nada, y respeto lo que la gente piense. Se metieron con Coca-Cola por estar en la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa. Y también por estar en el Orgullo Gay. Pero yo defiendo siempre lo mismo. Donde vaya a haber un millón de jóvenes con sed, allí estará Coca-Cola. Por eso les dije: si el precio a pagar para que tú bebas Coca-Cola es que yo tenga que convertirme a tu secta, no la bebas. En serio.”

En su colaboración con este reportaje, De Quinto aprovecha para denunciar que HazteOír forma parte de una sociedad secreta mexicana, ultracatólica, llamada Yunque, de la que recibe órdenes para influir en la vida civil española. HazteOír lo niega. Pero está en los fundamentos de Yunque que sus satélites nieguen esa pertenencia, porque para eso es una sociedad secreta. De modo que la acusación del presidente de Coca-Cola se convierte en un ataque ad hominem: la naturaleza que yo te atribuyo (secreta) impide que te crea cuando dices que no formas parte de una sociedad secreta. Exactamente lo mismo que sucede con la acusación de ser un trol: lo eres porque yo te lo llamo, y lo que digas no tiene validez porque eres tú, un trol, quien lo dice.

¿Tienen los trols también organizaciones secretas? ¿Se reúnen en oscuros foros del ciberespacio para preparar ataques coordinados? A juzgar por algunos incidentes que salen a la luz podría parecerlo. Este verano hubo una guerrilla violenta en el ciberespacio británico. Una feminista de origen argentino, Caroline Criado-Pérez, puso en marcha una campaña para que pusieran una cara de mujer en un billete de libra. Era una petición sencilla, casi inocente. Y lo consiguió. Y en se instante empezó a recibir centenares de insultos y amenazas de violación y asesinato, mensajes de una virulencia extraordinaria. La opinión pública puso el grito en el cielo. Varias diputadas se solidarizaron con ella, y entonces ellas también empezaron a recibir mensajes terroríficos, en los que llegaban a amenazar con bombardear sus casas. Los responsables de twitter prometieron cambios, para que fuera más fácil denunciar estos mensajes, y para que los usuarios tuvieran más información sobre los mecanismos de denuncia y bloqueo. La sociedad británica se enfrentó de golpe con una misoginia histérica que encuentra su desahogo en las redes sociales, y de la que no parecía consciente.

¿En España podría pasar algo así? Twitter no ha abierto oficina aquí hasta este verano, y por ahora refieren cualquier consulta de prensa a su press office central, de modo que no contamos con una valoración de la compañía de lo que sucede en este territorio. Pero Elena Valenciano, por ejemplo, estaba muy acostumbrada a recibir insultos y amenazas sexistas, cada vez que apoyaba o comentaba alguna política de igualdad: “tú lo que necesitas es que te violen, feminazi”. “Es un machismo que ya no se puede expresar en público, pero que subyace en muchas mentalidades”, dice Valenciano. Y, como dice Carlos Fernández Guerra, twitter actúa como una lupa social, haciendo grande y dando voz lo que posiblemente sea solo anecdótico.

La especialista británica Claire Hardacker, catedrática de Lingüística en la Universidad de Lancaster y especialista en agresión online, analizando el caso de Criado-Pérez y el fenómeno trol para el diario The Guardian, lanzaba una cuestión interesante: “tal vez habría que preguntarse hasta qué punto el fenómeno trol es sintomático de injusticia social, desventaja económica y falta de representación política.” La frustración se traduce en agresión, como ha sucedido históricamente con cualquier tipo de delincuencia. Y el futuro ha resultado ser esto: comunicación instantánea y libérrima junto con un recorte cada vez mayor de derechos económicos, sociales y políticos. A mucha gente le va quedando solo el derecho al pataleo online. Y el espectáculo de miles de adultos al teclado en pleno berrinche puede ser muy feo.

Una cuestión que surge siempre al hablar de trols y acoso en la red es la del anonimato: ¿deberíamos terminar con él, como llevan intentando hacer, con escaso éxito, desde hace años los periódicos en los comentarios de los lectores? Al fin y al cabo, la gran mayoría de los que insultan y amenazan lo hacen con pseudónimos, contribuyendo al tono carnavalesco de la red: gente con disfraz que se atreve a hacer y a decir cosas que jamás harían vestidos de domingo. Y esto a pesar de que el anonimato es solo virtual:  a la policía informática le es muy fácil arrancar el disfraz, porque toda visita a la red deja un rastro que conduce a un ordenador concreto. Consultada por Rolling Stone, Claire Hardacker es tajante: “acabar con el anonimato no funcionaría. Tendría que ser un esfuerzo mundial, en el que se comprometieran todos los países por igual. Y como es improbable que eso suceda terminaríamos con una situación en la que unos usuarios tendrían perfiles completamente abiertos y otros que seguirían siendo anónimos, de forma que los abiertos serían muy vulnerables a cualquier ataque. Cuando vamos por la calle no llevamos visible nuestro nombre, dirección, edad, lugar de trabajo, etc. No podríamos salir de casa sin miedo a que la desvalijaran. Y además, tampoco queremos que nuestra hija monísima de trece años esté en la red con su nombre y su edad y su foto. Las consecuencias son impensables.”

Preguntarse por el anonimato exige que nos preguntemos también por la red que queremos. Las democracias occidentales hemos colocado ciertos valores por encima de los demás: defendemos, al menos sobre el papel, la vida y la libertad. Otros regímenes apuestan por el orden y la sumisión piadosa: por eso capan la red, e intentan acabar con el anonimato que permite a los disidentes expresar su protesta. Si la libertad sirve a los trols para insultar, amenazar o hacer chistes malos, habrá que aprender a vivir con ello. Y decirles a nuestros hijos, los nativos digitales que heredarán nuestra red, que no insulten, que no digan mentiras ni palabrotas, o se convertirán en enanos feos. Es cuestión de educación.

¿Dónde estaban los trols antes de internet?

Desde que existe la red, ¿están más limpias las paredes de los baños de los institutos? Ya no hace falta escribir “Vanessa quiere a Alex”, ni insultarles, ni hablar de lo que hacen en la intimidad. Ahora hay un muro mucho más grande y visible, donde se puede decir prácticamente lo que a uno le dé la gana, y colgar fotos, o hacer montajes con GIF en los que Vanessa y Alex hacen cosas imaginarias.

Pero aunque el contexto adolescente es el primero que a uno se le ocurre al pensar en acoso online, lo cierto es que el espectáculo de la agresión, la humillación, y la violencia siempre ha sido del agrado de buena parte de la raza humana, de cualquier edad, sexo y condición. “Nuestro interés en la violencia y la agresión no ha disminuido: desde los combates y las ejecuciones que los romanos iban a contemplar en el Coliseo hasta el videojuego “Call of Duty”, siempre nos ha entretenido ver a desconocidos lanzados a los leones”, señala la profesora Claire Hardacker. “Y como en internet no tenemos que enfrentarnos al daño emocional que podemos causar porque nunca estaremos cara a cara con la persona agredida, es mucho más fácil actuar sin conciencia y cancelar nuestra capacidad de empatía.”

Desde que hay lenguaje hay insultos. Cuando surgió la literatura en español surgieron las Cantigas de Escarnio y Maldecir, un género cultivado por el mismísimo Alfonso X el Sabio, que las usó para poner a caldo a cierto deán de Cádiz por ser un gordo corrupto y cobarde. Y así ha quedado el pobre deán, como el primer troleado de la historia de las letras.

Ciertos trols de nivel invocan el ilustre precedente de Góngora y Quevedo para justificar sus burlas, y para dejar claro que todo se puede decir siempre que sea ingenioso. Dice Gerardotecé: “estoy convencido de que, hoy día, ambos serían tuiteros con mucho éxito, y bastante hijos de puta. Creo que es legítimo reírte de lo que sea, de cualquier cosa, pero con una condición: hazlo bien. Y esa condición, en realidad, es un filtro muy fuerte. Si un tuit sobre un drama tiene gracia, significa que es ingenioso, y eso quiere decir que es respetuoso en una medida necesaria, porque si no, el ingenio se iría a la mierda.”

A finales de la década de 1860 el poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer escribía “volverán las oscuras golondrinas.” Pero también el álbum de viñetas político-pornográficas “Los Borbones en Pelota”, una sátira procaz repleta de penes erectos que presentaba la corte de la reina Isabel II como un burdel desaforado. ¿Tenía gracia? ¿Estaba justificado atentar contra el honor de la reina y sus cortesanos porque ellos eran manifiestamente corruptos e incompetentes? La obrita corrió por Madrid de forma anónima. Hoy correría por la world wide web en forma de GIF, y sería obra de un trol con miles de seguidores. El hecho de que su autor crease, también, una obra cumbre de la literatura amorosa, contribuye a demostrar que todos los ángeles podemos tener nuestro momento trol.

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4 pensamientos en “Tu trol te espera en la red

  1. Tu trol te espera en la red

  2. Tu trol te espera en la red – gerardo tecé | klinews.com

  3. Está muy bien. Sólo ha faltado el concepto de troleado activo: aquel que busca tuits ofensivos a los que después no responde. Como las personas sensatas pero que siguen a Pedro Jota o Alfonso Ussía. Alguien que simplemente se deja trolear pacientemente sin devolver la bilis recibida al autor.

  4. Ya no hay trolls como los de antes. Ahora son de 140 caracteres. En los buenos viejos blogs (cof, cof), se colaba un trol y te soltaba una idiotez. Le dabas pie y su siguiente comentario ocupaba site folios llenos de hipérboles y aliteraciones. Un conocido mío disfrutaba borrándolos con un click sin leerlos, gozando con la idea de que le había llevado un segundo borrar varias horas de trabajo del troleante comentarista.

    En fin.

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